Alzaba mi mano y se detenía un taxi, pedíamos el destino y con aire fresco marchábamos dentro de este medio de transporte, era agradable, cómodo y aveces una buena conversación con el conductor nos permitía ir conociendo un poco mas la ciudad, el viaje era corto, ya llegábamos al corazón de la ciudad.
Pasado el tiempo, alzaba mi mano, pero esta vez me subía a una buseta, un bus pequeño que tenia su recorrido dentro de la ciudad. Subía pagaba el pasaje y me sentaba en una pequeña asiento, la puerta siempre abierta, permitía entrar al viento, tenia capacidad para unas 14 personas sentadas, el viaje era largo y ya llegábamos al corazón de la ciudad.
A las tres semanas alzaba nuevamente mi mano y por las mañanas bien temprano, los días de la semana, me subía a una moto, con un poco de miedo elegía la mas segura y la detenía frente a mi, pero vestida con cara de una Samaria, le indicaba mi destino, me prestaba un casco, y me iba al colegio, volábamos, y como pequeñas hormigas nos introduciamos entre los autos, quería cerrar mis ojos y no ver nada, ya me iba acostumbrando y como sabia el lugar de destino, no temía que me llevara a un lugar equivocado.
Por las tardes, después de salir del colegio donde voy a hacer mis practica profesional, me ofrecían venirme en una buseta escolar, eran las 12:30 y ya estaba afuera en busca de la buseta escolar, y el sol amenazándome desde lo alto, me obligaba a soplarme con mi propio viento, subía , entraba y me sentaba.
Era divertido, los niños de primaria que ya estaban en sus puestos, me buscaban las palabras, y me preguntaban sobre mi país, impresionados, y atentos me escuchaban, y con un montón de preguntas para mi.
Mirando por la pequeña ventana cada rincón de este corto destino, ya me avisaban que debia abandonar esta buseta, y me tocaba caminar casi tres cuadras de sol, llegaba agotada solo por ese trayecto, el sol me debilitaba , y en casa el abanico ya encendido me acompañaba toda la tarde...
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